15/11/14

Al pie del gigante

Gustavo Sterczek, escritor y poeta argentino

Al pie del gigante
Recuerdo la emoción con que muchos armenios me hablan de su monte más amado, mucho más que un monte en realidad, un sueño en su tierra misma, el inmortal Ararat.
Montaña nombrada en la misma biblia como el sitio elegido para que Noé posase su histórica arca.
Y precisamente a sus pies, a los pies de este gigante es que transcurrió gran parte de la historia de esta nación milenaria, cuya historia es tan antigua como para entremezclarse con todo tipo de leyendas.
Una de ellas, de las más conocidas es la del patriarca Hayk, quien derrotando a los babilónicos, fundaría el reino simbolizado hoy día con una imagen disparando un flechazo. Esa fecha simbólica, 11 de Agosto del año 2492 A.C, es tomada para iniciar su propio calendario.

Al pie del gigante, se organizó el reino que tendría varios momentos de esplendor, llegando incluso al mismo Mar Mediterráneo poco antes del nacimiento de Cristo y rivalizando con la misma Roma.
Al pie del gigante, nacieron las letras que iluminarían y llenarían de orgullo a todo su pueblo: el alfabeto armenio. Creado por el gran Mesrop Mashtots y que acercaría la biblia a todo el pueblo en una traducción única y extraordinaria que sería calificada varios siglos después como “la reina de las traducciones”.
Al pie del gigante, se convirtió este pueblo en el primero en toda la historia en aceptar el cristianismo como religión oficial, y precisamente esta fe cristiana se volvería absolutamente inquebrantable y parte de la esencia misma del ser nacional. En la cruz de Cristo se apoyarían en los momentos más dramáticos de su rica y longeva historia.
Al pie del gigante, los armenios librarían la primera batalla en defensa de la fe cristiana en un campo de batalla, Avarair, comandados por Vartán Mamikonián, en el año 451 de nuestra era se enfrentaron a matar o morir contra un enorme ejército persa. Pese a la derrota, jamás resignaron su fe, que buscaba ser cambiada por el mazdeísmo, religión preponderante del invasor.
Nada movió la fe, de un pueblo de fe.
Y al pie del gigante, también, acaeció el mayor tormento en la historia de un pueblo: el genocidio armenio. Un millón y medio de habitantes masacrados por el estado turco con los métodos más aborrecibles empleados jamás y en número hasta ese entonces desconocido para la humanidad. Aproximadamente el 75% de la población total armenia murió como consecuencia de deportaciones, ejecuciones directas, o de hambre y sed en las interminables e inhumanas marchas al desierto, a Siria, o hacia las montañas del norte, a donde iban generalmente mujeres y niñas víctimas de todo tipo de abusos y violaciones por los soldados turcos.
Así fue desmembrada esta nación milenaria.
Así se apropiaron los turcos de todo lo armenio, bienes, casas, valores, joyas, tierras, todo lo que no podían obtener por si solos y que no les pertenecía, pasó a pertenecerles, ante la mirada desinteresada del resto del mundo que pudiendo hacer algo, no hizo nada y no tuvo voluntad de ocuparse del crimen ni en 1915, ni ahora.
Escribo esto a 100 años del genocidio atroz que marcó para siempre no sólo a las víctimas, sino al victimario y a muchos pueblos que sufrirían también sus propios genocidios, como judíos y eslavos, inspirados sus asesinos en la deplorable falta de justicia de este mismo en el maldito siglo XX..
Escribo esto a 100 años de la vergüenza más grande que Turquía y todo el mundo llevan a cuestas: la reparación moral y material de todas las víctimas de esta barbarie.
Escribo esto, sin estar al pie del gigante, pero con la ilusión poética de todo el que escribe, ilusión que me hace querer imaginar que un día, todas las almas violentamente arrojadas de sus tierras ancestrales, nacerán juntas, como una sola, al pie, al pie del gigante,
Al pie del inmortal Ararat…




Cuesta escribir, cuando el tema es la muerte.
Cuesta escribir, cuando además, se trata de un exterminio…
Pero creo que si no escribimos y hablamos sobre esto, podemos también ser potenciales víctimas de una tragedia similar sin que otros siquiera se enteren.
Quizá terminar igual
Quizá terminar peor.
Me preguntan por qué escribo,
Escribo por esto.
Me preguntan por quién escribo,
Escribo por Anush, y por Kariné
Por Luciné
Por Aram
Hagop
Por Hovannés
Por Kevork,
Y tantos otros que ni siquiera conozco de nombre
Escribo por las aldeas y las ciudades
Por los labradores y los campesinos
Por los que cayeron bajo el infame yugo del turco
Por los que escaparon
Por sus hijos y nietos
Para que un día pueda yo tener la dignidad suficiente
Para mirarlos a los ojos
Y no sentir vergüenza
O que tengo que pedir perdón.
Escribo por las fotos que conocí
Y las que no
Por las historias que me llegaron
Y las que se perdieron
Por los chicos que escaparon
Y llevaron la semilla armenia a todo el mundo
Por esta diáspora inquebrantable,
Que lucha de pie contra todo y contra todos
Por la memoria de sus abuelos.
Escribo por las melodías que aprendí
Y las que no
Por los hombres que cayeron
Y los que emigraron
Las mujeres que sobrevivieron
Madres armenias
Por los colegios incendiados
Por las iglesias antiguas
Transformadas en mezquinas
O en establos.
Escribo porque mi conciencia me grita
No me deja en paz
Porque si cambio los rostros de las fotos
Puedo estar yo
Pueden estar los míos
Porque si no gritamos
Cualquier puerta se puede seguir tirando abajo
Para que caigan más.
Escribo porque me da vergüenza
Ver marchar a los armenios solos
Para pedir justicia
Como si el resto del mundo
No la precisase…
Escribo por todo lo que se
Y lo que no
Por las filas de cráneos
Que vi tantas veces
Las mujeres solas
Muriendo de sed
Escribo por los chicos
Que son lo más noble.
Escribo
Para no ver más la sonrisa del turco
Ante la obra consumada
Y para no escuchar
Los silencios cómplices.
Escribo
Por las aldeas de Van
Por Yozgad
Por Kars
Por todas
Por el retorno de las semillas
Y del gigante eterno
El guardián Ararat
Por el fin de las mentiras
Por la verdad resistida
Por la verdad silenciada
Para vencer al olvido
Antes que nos venza a todos
Para que todos sepan
Por qué no están en su casa
Para que todos sepan
Que el damasco no murió
Y que la grulla está de vuelta
Por el grito demorado
De 100 años
Por este siglo de infamia.
Escribo
Porque no quiero morirme
En el mismo mundo en que llegué
Inhóspito, cruel, indigno
Que disimula cañones
Bajo las flores
En el que 1.500.000 armenios
No parece significar algo.
Escribo,
Para que la vida de un armenio
No valga menos que otra
Escribo por las familias
Por vos, por mí
Por nosotros
Por todos.
Porque hay cosas que no se pueden olvidar
Por ese maldito 24 de Abril de 1915,
Escribo…

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