16/11/14

CIEN AÑOS DEL GENOCIDIO ARMENIO

Gregorio Vigil-Escalera,
Miembro de las Asociaciones Española y Madrileña de Críticos de Arte (AECA y AMCA)

Las claves del odio son casi imposibles de aprehender y explorar, se manifiestan en cada momento de la historia para dar cuenta de que la irracionalidad y barbarie anida en la naturaleza humana como una condición congénita de la que es imposible escapar. El genocidio armenio, del que se han cumplido cien años que son como si fuese ayer, es una muestra estremecedora de esos sueños quemados que van dejando tras de sí rastros de cenizas.

Bien está que no perdamos la memoria de estos espeluznantes hechos, pero ¿cuándo será la siguiente hecatombe de la que en su día volveremos a tomar conciencia dedicándole unas letras? Seguro que muy pronto porque parece existir una predestinación no por efectiva menos negada, no por aciaga menos arrepentida y censurada. Armenios, judíos y así hasta conformar una larga lista interminable son las víctimas hasta ahora propiciatorias; mañana lo seguirán siendo otros, por unas u otra razones o más bien sinrazones, pues en alguien hay que descargar la rabia, la ambición, la envidia, la impotencia, la codicia, el desprecio, la frustración hasta llegar al odio. Y del odio a la matanza y al exterminio.
Quizás tengamos que recordar lo que escribió ese gran filósofo que fue Cioran cuando consideraba que el hombre es un animal lleno de hiel y cualquier opinión que emite sobre sus semejantes lleva ya algo de degradación. Sin embargo, que la existencia sea un juego de compensaciones parte de falsas premisas, porque el eterno vaivén entre placer y dolor, conciencia e inconsciencia, crecimiento y disminución, progresión y regresión, no se justifica y menos cuando se perpetra un holocausto.    
En definitiva, esperemos que en esta y en todas las ocasiones la importancia de las palabras perdure tanto como la de los hechos y la esperanza no sea esa gran falsificadora de la verdad.

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